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 Maelstrom: Traición y Venganza.

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MensajeTema: Maelstrom: Traición y Venganza.   Miér Feb 17, 2010 10:30 am

DESCRIPCIÓN:



Su carne es del color de hueso enlucido por el sol y su pelo es de un blanco níveo y brillante, pero con aspecto desgastado, como el de una telaraña milenaria. Sus ojos se encuentran ocultos bajo una venda limpia, pues el hombre es ciego, y sus pómulos y su mentón son fuertes, y sus labios carnosos muestran actitud disciplinada.

El hombre se haya sentado sobre sus piernas en una postura que parece simular el de una flor de loto. Su rostro refleja serenidad y entereza, pese al continuo zozobrar de la estancia, cuyas viejas maderas se aquejan a cada movimiento.

Por fin el traqueteo cesa y la esperada voz grita:


-¡Serena!

Poco a poco el hombre deshace su posición, y se levanta. Con aire sereno se viste con su abrigo largo y negro y se empuña unos guantes con tachuelas de acero. Una capucha también negra le cubre el rostro ahora. La expresión de su gesto sigue siendo seria y sosegada; sus labios forman una perfecta línea recta.

Pese a la evidente ceguera el hombre sigue su camino correctamente, sin apenas ayuda de sus manos. Tras andar por varios pasillos y cámaras termina en la borda de un barco grande, frente al hombre que lo comanda. Un saquillo lleno de las pactadas monedas de oro cae en la mano del marinero.


-Hasta la vista hermano-habla el Capitán-.

El hombre de vestimentas oscuras no responde. Se limita a bajar la pasarela, sin aceptar ayuda alguna; pues, pese a su ceguera, su orgullo ha de permanecer intacto, y han sido pocos en su historia quienes se han atrevido a herirlo. El hombre se detiene ahora en seco y agudiza el oído: el eco de un sonido aplacado, similar al de un gran griterío al otro lado de una pared hace evidente la cercanía de una taberna. Con paso lento pero firme se dirige donde ese sonido se hace más fuerte, hasta que sus manos logran palpar una vieja puerta con placas de metal. La puerta cede con un chasquido, y pronto el olor penetrante a grasas quemadas y el ruido propio de un lugar frecuentado inundan los sentidos del hombre oscuro, a quién tanto alboroto le produce una extraña sensación de seguridad.

-¿Qué desea, señor?- grita una voz en mitad del gentío-.
-Cama y agua.
-Sígame.

Pese al aroma cargado de la frecuentada tasca el olor del tabernero es característico. Varios meses sin lavarse y el mundano hedor a sobaquina que se alza por encima de los olores almízclenos que emanan de la comida hacen al tabernero una persona fácil de seguir. Tras atravesar varios pasillos, el tabernero se detiene. Un sonido tintineante propio de un manojo de llaves da paso al sonido quejumbroso de unas bisagras al abrirse.

-Aquí es. Buena estancia-.



Al fin el hombre se halla solo en la perfumada alcoba. Con el mismo gesto ausente desviste sus ropas, descalza sus botas y libera sus manos del peso de los guantes tachonados con puntas de metal. El hombre se haya desnudo ahora; su perfilado cuerpo produce sombras estilizadas a la luz de la hoguera. El hombre suspira y conduce sus manos a la atadura de la venda que tapa sus ojos; poco a poco, va retirando las sucias tiras de tela.
Bajo las sombras que se proyectan en su rostro sus ojos emiten un brillo sobrenatural y fantástico; pero, cuando la tenue luz rojiza de las ascuas se refleja en su totalidad en el rostro del hombre, la negra obsidiana que son sus ojos emerge de la sombra. Negra obsidiana tallada en el lugar que debieran ocupar los ojos y sobre la pálida piel, que, en la zona que bordea el oscuro mineral, ha adquirido antinaturales matices rojizos y púrpuras.

El hombre lava ahora su rostro en una pila; con sus manos extrae agua y susurra unas extrañas palabras. Por un momento, las ascuas de la hoguera se sacuden en un sinuoso espasmo. El hombre arroja el agua al suelo y se arrodilla de espaldas al fuego. Las llamas iluminan su espalda, repleta de cicatrices y, en mitad, un tatuaje de tinta negra que representa una corona con ocho espinas.

El tiempo pasa despacio, y, cuando el fuego lucha por mantenerse activo, el hombre se pone en pié; lentamente se acerca a su jergón, se acuesta y queda inmóvil. El silencio baña la pequeña y cálida estancia.
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MensajeTema: Re: Maelstrom: Traición y Venganza.   Miér Feb 17, 2010 10:31 am

//espero que ambientamente esté bien y no haya ninguna contradicción ni nada así, si no, lo cambiaré.


LA HISTORIA:

Seis años atrás.


Los aullidos de la vara al rasgar el aire y el posterior golpear contra la carne eran los únicos sonidos que se escuchaban en la pequeña estancia iluminada por antorchas. El joven sentado en una rígida posición recibía los impactos sin apenas moverse, con el mismo gesto estoico dibujado en el rostro. El hombre que movía la castigadora vara de metal era alto y fornido, pero su cuerpo estaba totalmente cubierto por una túnica negra, negra como la noche, y su bajo la capucha que ocultaba su rostro sólo podía contemplarse el fulgor carmesí de unos ojos malvados.

Frente al joven de cabellos oscuros una figura desnuda se halla encadenada, con la carne atravesada por clavos que lo sujetaban desde el techo. El rostro se encuentra oculto bajo una bolsa de tela y las piernas luchan por mantenerse firmes. Era un traidor y por lo tanto tenía que pagar por ello.

La mente del joven permanecía clara; sin embargo, poco a poco una palabra maldita comenzaba a perturbar su mente: odio. Pronto su pensamiento se oscureció, y entre vagas sombras vio el rostro de su madre, quebrado por el llanto, mientras su padre la golpeaba con fuerza.

Odio…

Una base de hierbas secas; una noche oscura y pálida, un vació en su corazón. El cuerpo de su madre era envuelto en una manta y colocado sobre la pila. El fuego se propagó rápido. El olor a carne quemada. La muerte.

Odio…

-Hijo, tienes que aprender a odiar.

De pronto, la ira roja se apoderó de la mente del joven. En un impulso aterrador se puso en pié. Los músculos estaban tensos pero a la vez elásticos, preparados para el golpe mortal. Con el brazo plegado, avanzó rápido al frente hacia su víctima. Una energía inaudita surgió de su estómago y recorrió su cuerpo, por el brazo hasta el puño; quemaba como el fuego. Con rabia acumulada dirigió el golpe hasta el corazón del hombre que colgaba del techo.

La carne atravesó la carne en un río de sangre. El joven quedó quieto, inmóvil. Los bucles negros de su cabello cesaron su oscilante movimiento. Sus ojos glaucos y sesgados, fijos en la herida que acababa de infligir a su víctima. Su mano, hundida en el velludo pecho, que había parado de moverse. El joven respiró, y retiró el sangriento brazo con fuerza, extrayendo el órgano vital por excelencia, que aún luchaba por palpitar. Lentamente lo encaró al techo, y murmurando unas palabras de oración, el corazón estalló en llamas y se consumió.

Pronto una voz se alzó:

-El Impenetrable ha hablado. Acércate, hijo mío-.

El joven se acercó al hombre de la vara, y se arrodilló con la cabeza gacha, mirando el rojizo suelo con mirada firme.

-Soy tu padre. Y a partir de ahora también tu hermano. Ten tus vestimentas y toma asiento entre nosotros.

El joven obedeció las órdenes y fue a sentarse en una esquina de la sala. El silencio se hizo mientras el resto de los asistentes tomaban asiento alrededor de una mesa cuadrada.

Uno de ellos por fin habló:
-Estamos aquí para hablar sobre el robo de trigo del condado vecino. Estamos seguros de que los bandidos contratados no eran más que mercenarios a su servicio.

Un murmullo inteligible se hizo presa del ambiente. El joven permanecía quieto e impasible, observando a ratos la figura de su padre que se encontraba presidiendo la mesa. De pronto, habló:

-¿Por qué piensas que fueron ellos, Reron? Te recuerdo que veneran a nuestro mismo Dios, y el pacto es inevitable. Pronto nos uniremos a ellos; pues tenemos que llevar la palabra de Antiel lo más lejos posible. Y si renuncias a ello renuncias a tu fe y a nosotros.

El hombre llamado Reron calló. El joven pudo percibir una mueca de desprecio en sus labios, un movimiento imperceptible pero que podría significar mucho. El joven de cabellos azabache se irguió, y con tono brusco dijo:

-¿Hay algo en la palabra de mi padre que no te guste, hermano? Pues es el venerable Padre de esta hermandad y su palabra está por encima de la tuya. Te recuerdo que todos vosotros le elegisteis para dirigir esta hermandad con puño de hierro, y asimismo es el señor de estas tierras y su poder está por encima del vuestro. Nada que objetar habéis de tener cuando él os ha dado todo en esta vida. Más de lo que merecéis.

-Sosiégate, hijo. Y vuelve a tu asiento-intervino su padre-.

-Padre, he visto el desagrado en su rostro. Algo me perturba en él. Sabes que una sensación así puede tornarse en discordia, y la discordia...-el joven hizo una pausa mirando al acusado-…en muerte.

-La única cosa que has podido contemplar en mi rostro es desacuerdo, y no sólo por unirnos a los esos débiles, sino porque un joven tan descarado e inconsciente de la vida haya sido agregado a este concilio, tan sólo porque su padre natural sea nuestro Padre, y su juicio esté…-el hombre alzó el rostro, y un gesto de ironía acompañó el resto de su frase-…por encima del nuestro.

El silencio se hizo de nuevo con la cámara. Nadie quería hablar. Nadie debía hablar. Sólo un loco, a juicio de muchos, o un valiente, a juicio de unas cuantos pero no pocos, se había atrevido a dirigirse así al Padre en la historia de esa hermandad.

El joven de ojos glaucos miró a su padre, con gesto de indignación en su rostro. El hombre acusador se había levantado, retando con la mirada al Padre, quién, inmóvil en su sillón de piedra, había llevado una mano al mentón. De pronto habló:

-Tu discordia hace débil al resto. Sabes lo que te espera por esta ofensa.
-¡No voy a morir empalado en el brazo de tu enclenque hijo!

De pronto un sonido rasgado, una nube oscura pero letal se abalanzó sobre el inmóvil Reron. La luz de las antorchas parpadeó durante un instante antes de volver a la normalidad. Un chasquido precedió a un ruido sordo. Reron se hallaba de espaldas al suelo, emanando sangre de una herida cuya hemorragia era mortal. El brillo de una espada sacudió el aire antes de volver a su funda. El hombre, Padre de la hermandad, se giró hacia el resto de los presentes, y con voz grave habló:

-Salve, fieles hermanos.

El hombre giró sobre sus talones y abandonó la sala. El silencio seguía siendo sepulcral. Todo estaba dicho. Todo había quedado claro. Sólo había un líder, una disciplina.

Varios de los presentes observaban el cadáver de Reron tendido en el suelo, con un tajo que le atravesaba media garganta, con gesto ausente, a sabiendas de que el hijo del verdugo del traidor se hallaba aún entre ellos.

El joven de ojos glaucos fue el siguiente en abandonar la sala, en busca de su padre.


-Padre.

El hombre se había despojado de sus vestimentas de ritual y se hallaba recostado sobre el lecho, limpiando con un viejo trozo de tela la zona de su espada curva que había sido infectada por la sangre de un traidor.

-Mael, hoy ha sido un buen dia. Has hecho lo correcto. Ve a meditar.

El joven abandonó la estancia y recorrió varios pasillos hasta llegar a su austera alcoba y allí quedó meditando. Poco a poco cayó la noche, y llego un nuevo día. El amanecer era rojizo, con tintes sangrientos. Mael rezó a su Dios en un frenesí de ira, y, después, se dirigió a la biblioteca. Pasó la mañana trabajando mente y cuerpo, pero, cuando a la hora de comer faltó su padre, una oscuridad bañó su pensamiento y sus ojos glaucos se tornaron rojos, su piel pálida y su mirada iracunda. Algo no iba bien.

Lo buscó, lo buscó desesperadamente hasta que el sol se puso y el manto oscuro que es la noche se cernió sobre la tierra. Lo encontró tendido en el suelo de un claro en el bosque. La gran figura de su padre se hallaba inmóvil, sin vida, con un virote atravesado en la garganta. Sus manos se hallaban atadas con cadenas de acero, así como sus pies.

Unos pasos ladinos se escucharon detrás del joven. Maelstrom se giró, con el rostro convertido en duro mármol, y la ira roja bañando sus pupilas.

-Tu padre fue un buen líder, hasta que se corrompió. La unión con ese condado nos iba a hacer débiles, y lo sabes. Su muerte hará permanecer intacta nuestra disciplina.

Maelstrom no contestó. La rabia contenida se ha había apoderado de él, impidiéndole actuar.

-Tienes dos opciones-el traidor continuaba hablando-. Permanecer con nosotros o no. Si te revelas ahora, y luchas, serás un traidor.

El hombre río.

-¿O que esperabas? Si intentas matarme ahora, irán contra ti, y el propio sumo Patriarca acabará con tu triste existencia. Ahora el Condado es nuestro, y tú, amigo, no eres nadie. Vivirás en la sombra, pues eres cobarde y temes a la muerte - el hombre río de nuevo-. Adiós, Maelstrom Davandor, hijo de un traidor, heredero de nada.

El hombre se dio la vuelta, impasible y confiado de su éxito. Estúpido, pensó Maelstrom para sus adentros. Con gesto sosegado y calmado recogió la ballesta que estaba a sus pies, oculta bajo su túnica; cargó la flecha con sutilidad, retiró la traba de madera y susurró:

-Adiós a ti, Hester Endmerian, traidor a mi padre y a mi Dios. No sobrevivirás para regocijarte de ningún falso éxito. Nunca.

Un silbido rasgó el aire, y la flecha hizo blanco en la nuca. La punta metálica, ahora teñida de rojo asomó por la cuenca ocular derecha. El verdadero traidor expiró su último aliento antes de caer al suelo.

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Poco después...



La cámara estaba vagamente iluminada con la tenue luz de las antorchas. Alrededor de la pétrea mesa cuadrada, seis figuras silenciosas permanecían inquietas, pues la traición había llegado a su punto más alto, y tenían en duda el éxito.

El tiempo pasó lento, pero, al final, una negra figura emergió del pasadizo. Iba ataviada con la túnica ritual, y su gesto era sereno y armonioso. Nada visible entre la capucha y el cuello salvo el fulgor sobrenatural de unos ojos bañados por la ira.

-Malditos traidores, falsos aduladores de mi padre. Vais a pagar cara vuestra ofensa.

Seis voces rieron al unísono.

-Tu padre –intervino una de ellas – ha tocado muchos intereses ajenos. Y ahora está muerto. ¿Cuánto crees que durarás? No puedes contra nosotros, pues somos más poderosos que tú. Y si pudieras contra todos nosotros, de nada valdría, pues la Orden Suprema acabará contigo, pues a sus ojos el verdadero traidor fue tu padre, y con él, tú. Y si todavía la Orden Suprema se equivoca en su juicio contra nosotros y nos declara conspiradores y nos matas –los seis estallaron en ladina carcajada- te matarán por habernos matado a nosotros, tus hermanos.

Las seis voces volvieron a reir. Las figuras se alzaron, empuñando sus armas.

-Te equivocas, Anrom. Pues antes de desaparecer, mi padre envió un correo que cito ahora: “Yo, Elrom Davandor, soy consciente de la conspiración que se teje en mi orden, y por ello pido ayuda a la Suprema Orden”.

-¿Acaso piensas que somos estúpidos? ¿Acaso crees que dejamos con vida a ese correo que tu padre envió? ¿Acaso piensas que no interceptamos la carta?

-Lo pienso, y así es. Pues el estúpido correo que mi padre envió de mañana portaba un mensaje falso, por un camino evidente y que no es el correcto. Pues mi padre tenía un nombre en la Orden, y nunca os reveló las cosas que consideraba demasiado importantes. Majaderos presuntuosos, os habeis dejado engañar de la manera mas estúpida. El verdadero correo ha salido esta noche, bien escoltado y por otra ruta; pues, de lo contrario, vosotros habríais salido victoriosos y mi muerte habría sido inmediata. Mi padre era superior a vosotros, y siempre supo de vuestras artimañas para eliminarlo del poder y quedaros con el Condado. Pero no es así. La Orden está en camino. Es vuestro final; habéis errado, y aquí y ahora os mataré yo mismo.

Dicho esto, ante la atónita mirada de los presentes, la danza comenzó. Una vara de acero negro surgió de entre las ropas de Maelstrom, quién comenzó a golpear con inusitada fuerza, presa de su ira concentrada. Trazó un movimiento de abanico con la vara sobre su cabeza. Un movimiento mortal. Dejó atrás a dos de los traidores, y, con un impulso, saltó encima de la mesa.

Todos se miraron. Dos cuerpos inertes cayeron al suelo entre aspavientos con los cráneos quebrados en astillas. Tres más quedaban con las armas prestas para el combate. El tiempo pareció detenerse a los ojos de Maelstrom. Demasiado lentos. Demasiado estúpidos.

El traidor de su derecha levantó el arma, pero Maelstrom, rápido como una centella, dirigió su pierna, que impactó en el rostro del atacante, hundiendo su nariz hasta el interior de la cabeza. Un golpe seco y mortal. De un salto entre las sombras de su túnica se situó detrás de los dos restantes, que se giraron prestos. El canto de la vara melló el rostro del de la izquierda; sin embargo, el traidor de la derecha supo reaccionar. Con un movimiento vertical dirigió su espada, pero fue rápidamente interceptado por la vara con un chasquido metálico. Durante unos instantes midieron sus fuerzas. El traidor sonreía, pues era mayor y más fuerte, y la espada poco a poco hacía ceder a la vara. Pero su sonrisa se quebró. El pié de Maesltrom llegó justo a la barbilla; y, con un movimiento giratorio pivotó sobre sus talones y empaló la vara en el cuerpo de su adversario. La mueca de su gesto era ahora irónica, antes de que la muerte lo llevara.

Pero no estaba todo terminado. Una sombra se alzó rápida, y, antes de que el joven pudiera advertir de ello, un golpe seco alcanzó su pecho y le hizo caer hacia atrás.

-Sé que tu padre te enseñó las artes de pelear con las manos desnudas. Bien. –poco a poco, el traidor quitó sus vestimentas y quedó casi desnudo. Maesltrom lo reconoció como Anrom-. Me costó largo tiempo lograr que la logia quedase a mi merced. Largo tiempo. La heroica muerte de Reron culminó el trabajo. Prepárate.

Maesltrom se levantó, y quitó su túnica. Sobre sus manos, sendos guantes con puntas de acero que desprendió de sí, pues pese a la traición esta debía ser una pelea honorable. Los dos oponentes se miraron, el uno al otro. El joven comenzó a sentir el flujo de energía que surgía de su pecho y comenzaba a quemarle todo el cuerpo. El tiempo pareció volver a detenerse de nuevo. Los dos enemigos volvieron a mirarse una última vez antes de lanzarse al ataque.

Un alarido, dos puños descargados rompiendo el aire, y un chasquido de hueso quebrado. Otro alarido, esta vez de dolor. Anrom estaba de pié, luchando por mantenerse erguido. Su mano se había desplazado hacia el codo en una mole de sangre y astillas de hueso. Los dos puños habían impactado el uno con el otro, y el brazo del traidor había cedido violentamente.

-Mi padre –dijo Maesltrom, mientras se acercaba lentamente hacia Anrom – me enseñó que el dolor se aguanta con la mente y la fe; y tú, de ambas cosas careces.

Con gesto sosegado, ya calmado, rodeó el cuerpo arrodillado del traidor, y, situándose detrás de él colocó las manos en la quejumbrosa testa.

-Adiós, Anrom, traidor contra mi padre.

Y el cuello giró con un chasquido, y los ojos del conspirador se apagaron para nunca más volver a abrirse.


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Varias semanas después...



El joven Maelstrom despertó en una oscura celda, de roca pura y negra, como si fuera volcánica. Poco a poco acostumbró la vista a la luz, pues algo se filtraba a través de las escasas grietas. Una figura se encontraba tras los barrotes, mirándolo con avidez.

-El Patriarca te espera.

El rostro de preso fue tapado, como en la travesía de ida; así no podría ver dónde se hallaba, ni con quién se encontraba. Poco después de acabar con Anrom, se encerró en la cámara de la logia, pues el resto de sus miembros aún eran peligrosos conspiradores. Tiempo pasó allí hasta que fue auxiliado por los miembros de la Suprema Orden. Un auxilio que duró poco, pues enseguida fue apresado como un traidor más y llevado al lugar desconocido donde estaba.

La luz volvió a empañar sus ojos, y una imponente figura lo miraba con determinación. El Sumo Patriarca.

-Maelstrom Davandor, sé que fuiste presa de una traición, al igual que tu padre, cuya muerte lloramos. Has de saber que el resto de los conspiradores han sido capturados, y ejecutados. No morirás, pues Antiel todavía te quiere vivo; sin embargo, vagarás ciego por el mundo, pues ese el castigo que imponemos a quienes matan a sus propios hermanos, y durante cinco años morarás una torre oscura y sin vida, sin más consuelo que el de tu venganza. Y sólo Antiel decidirá si eres fuerte para la vida.

Dos hombres se acercaron; con fuerza le prendieron de los brazos, estirándolos. Un tercero acercó un hierro candente.

-Mira con tus ojos por última vez, Maelstrom, hijo de Enrom.

El hierro quemaba, quemaba como los infiernos. La mirada de ojos glaucos se apagó. La ira se apoderó de nuevo de su mente; pero, entre la cortina roja que bañaba sus pensamientos, logró atisbar una figura oscura, con rostro sereno y corona de espinas que lo miraba. Pronto su ira cesó y se resignó a su destino, con gesto sonriente.

Después de aquello, sacaron sus ojos y limpiaron las cuencas, respetando los párpados. Dos obsidianas talladas y bendecidas por el Patriarca, bañadas en la sangre de los enemigos caidos, fueron incrustados en el hueso mediante un rito sagrado, pues ese era el símbolo de su condena. El dolor que podría haber sufrido el joven permanecía aplacado por la imagen de su Dios aparecida hace horas. El mejor regalo que podría haber esperado pese a su destino: la vuelta de su fe y de la esperanza.

Varios días después, Maelstrom fue llevado a una torre en medio de ninguna parte. Las puertas se abrieron, girando sobre sus goznes. El joven se internó, adentrándose en una nueva oscuridad.

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Hace un año....


Era de día cuando las puertas volvieron a abrirse, aunque el ciego nada podía ver. Durante su estancia en la torre sus cabellos oscuros se habían tornado pálidos, casi del color de la nieve. Su piel, antes dura y bronceada, había adquirido un nuevo matiz blanquecino y purpúreo. Una voz sonó a su espalda:

-¿Dónde irás?

Maelstrom torció el gesto y ladeó la cabeza. La ironía de la pregunta era evidente: no sabía dónde ir. Sin embargo, un recuerdo borroso llegó a su mente.

-Iré a Serena. Según tengo entendido mi primo Alaistter estará allí. O al menos ese era su deseo hace cinco años. Quizá pueda encontrarle.

Y dicho esto emprendió el viaje, caminando lentamente con ayuda de sus manos. Su oido agudizado y su olfato le servían de guía, y, por encima de todo, quien guiaba sus pasos era su fe y su poder interior.
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MensajeTema: Re: Maelstrom: Traición y Venganza.   Dom Feb 21, 2010 1:46 am

Me ha alegrado mucho que uses las deidades de Eternia para tu relato, has aplicado perfectamente la esencia de Antiel. Tu relato obtiene puntos de experiencia. Solicítalo a la administración dentro del servidor.
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MensajeTema: Re: Maelstrom: Traición y Venganza.   

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Maelstrom: Traición y Venganza.
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