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 El viajero, Mesrad

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Angrod

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MensajeTema: El viajero, Mesrad   Sáb Dic 19, 2009 4:03 am

Capítulo I - Un nuevo éxodo

Hacía frío, estaba oscuro y el viento agitaba sus cabellos en el veloz viaje a través del cielo nocturno.
El frío y el miedo habían agarrotado sus manos, brazos y piernas y contenía la mandíbula cerrada y tensa.
Había llovido hacía poco, lo sabía porque unas horas antes había escuchado el sonido tenue de las gotas
golpear la madera y porque ahora atravesaban nubes bajas aun cargadas de pequeñísimas gotas de agua.

-¿Falta mucho?- consiguió susurrar, aunque por un segundo no supo si las palabras habían conseguido salir
de sus labios o tan sólo las había pensado.
-Ya falta poco y nos han perdido el rastro hace rato – contestó una voz profunda y familiar. La había oído,
él siempre oía todo y casi siempre lo sabía todo. Pensaba mientras oía el quedo batir de sus poderosas alas.

Leriel estaba dormida cuando llegaron a su casa, ella y Nimmaroth estaban en la cama, cuando él se levantó y
tras unos segundos le pidió que se levantara, tenían que huir, venían a por ellos…otra vez. Esta vez habían
estado viviendo en Asgath, una ciudad con una población algo embrutecida por las costumbres locales que no
vieron con buenos ojos a la joven pareja a medida que fueron sabiendo de ellos, con los recelos también vinieron
las envidias y la chispa del odio prendió rápida entre sus vecinos, esa noche, éstos venían a ejecutar su odio.

En pocos minutos tuvieron todo listo, sus escuetas pertenencias fueron empacadas rápidamente y Leriel cogió al pequeño.
Mesrad aunque joven ya se daba cuenta de muchas cosas y en poco tiempo estuvo presto para partir, salieron fuera de su
casa cuando ya oían el amortiguado sonido de decenas de pasos caminando en su dirección.

Nimmaroth extendió sus alas, se cargó a la espalda el fardo y cogió con sorprendente cuidado para unos brazos tan
poderosos a Leriel, que abrazaba entre los suyos al pequeño, y con varias poderosas batidas se elevaron unos metros
del suelo y empezaron a volar…otra vez.

La joven familia había tenido que mudarse en varias ocasiones pues formaban un extraño trío: Nimmaroth era un hombre realmente
grande, y muy extraño, sabía utilizar la magia casi a su antojo sin aparente conocimiento del arte arcano y más de una vez a gente
se horrorizaba cuando hacía aparecer, en su espalda, unas poderosas alas, con escamas tan relucientes que parecían cristal de
color morado. Era muy reservado y sabio, pero su aparente poder y su imagen imponente causaban inseguridad.
Leriel sin embargo era una mujer dulce y delicada, aunque alta y esbelta, su tez blanquecina y su pelo castaño contrastaban con sus
ojos de un intenso verde. Siempre tenía una sonrisa en sus labios carnosos. La gente desconfiaba de ella, pues hablaba muchas
lenguas y tocaba muy bien varios instrumentos, tanto que embobaba a los hombres y hacía que el ambiente cambiara a su antojo,
como si hechizara con sus canciones…bruja la llamaban algunos.
Si no alguno, todos esos detalles los hacían merecedores de reproches y desconfianza que terminaban generando un odio que
los expulsaba de las villas a la que llegaban a instalarse, por eso siempre volvían a volar.


Tras unas horas llegaron a una colina algo apartada de una pequeña villa, de la cual veían sus luces titilantes, con cuidado
caminaron por ella siguiendo a Nimmaroth y al cabo de un rato llegaron a una pared rocosa que se alzaba imponente.
Éste susurró unas palabras y ante sus ojos una maciza puerta emergió de la fría roca y se abrió dejando salir el calor de una lumbre. Una voz sonó.

-Ya empezaba a preocuparme…pasad-


Última edición por Mesrad el Mar Ene 19, 2010 1:50 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: El viajero, Mesrad   Dom Dic 20, 2009 9:10 am

La introducción a tu historia promete. Muy amena de leer y con ganas de saber más.
Así que... a la espera de más capítulos quedo. xD

Luego te premio. Wink
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Barakiel

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MensajeTema: Re: El viajero, Mesrad   Lun Dic 21, 2009 7:48 am

Leída también Razz
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Angrod

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MensajeTema: Re: El viajero, Mesrad   Mar Ene 19, 2010 1:48 am

Capítulo II -Despedida-

Las llamas crepitaban en el fuego que ardía en una especie de chimenea incrustada en la pared. Un anciano estaba sentado en un gran sillón delante del fuego con los dedos entrelazados y los codos apoyados en los brazos del sillón. Los miró en silencio hasta que la pequeña familia estuvo a escasa distancia de él, a un gesto suyo, la puerta se cerró.
Mesrad recordaba a aquel hombre, lo había visto la última vez que habían huido; su rostro estaba algo arrugado, pero sus ojos grandes y penetrantes parecían crepitar como el fuego mientras hablaban, no era ni demasiado alto ni demasiado gordo, pero tenían anchos hombros y abultaba mucho incluso estando sentado, incluso para ir vestido con pesadas pieles.
Sin embargo el clima era algo tenso y hablaban de cosas que no entendía mientras soltaban palabras en lenguas que no conocía, pero eso no le preocupaba, Mesrad estaba acostumbrado a saber poco de su familia, sus padres insistían que eso no debía interesarle aun, cuando creciera más podría entender todo. Así que se limitó a observar con curiosidad la extraña y amplia estancia.
Tras la discusión hubo un incómodo silencio que se perpetuó durante minutos interminables, y finalmente sus padres lo miraron indecisos y se lo llevaron a un lado, donde le dijeron que iban a dejarlo un tiempo con aquel viejo que, según dijo su padre, era su abuelo. Mesrad no podía creérselo y se negó, sin embargo en un momento dado se sintió fuera de su cuerpo, fuera de sí mismo, y tan solo alcanzó a asentir cabizbajo y con un leve sollozo. Tan sólo alcanzó a oír un susurro - No compliques esto niño, no es fácil y no lo entiendes, no me obligues a hacer esto otra vez - , antes de volver en sí como si hubiera despertado de algún sueño extraño mientras veía las sombras de sus padres perderse en el cielo nocturno.

Los días pasaban lentos mientras Mesrad esperaba oír la voz de sus padres en cualquier momento y rara vez de apartaba de la puerta. El anciano insistía en que se retirase e hiciera algo productivo, pero el niño no escuchaba.
Con el paso de los días empezó a comprender que sus padres no volverían en un tiempo y que no tenía sentido esperarlos sentado, por lo que empezó a vagar por los alrededores de la colina, siempre con cuidado, porque cualquier lugar era mejor que estar con el viejo, se negaba a llamarlo abuelo, a pesar de que éste se lo recordara.
No lo trataba mal, todo lo contrario, pero el viejo se pasaba los días leyendo libros o dando vueltas, y haciendo quien sabía qué cosas con líquidos que desprendían olores extraños y refulgían en colores vivos.
Una mañana el viejo lo llamó a su lado y le habló con franqueza, él era su abuelo paterno, él había sido quien les había pedido que dejaran a Mesrad con él por la seguridad de todos. Declaró ser un arcano, y no uno inexperto. Pero lo más extraño fue su última declaración:
-Aunque sin duda lo que me hace verdaderamente especial, no es nada de esto que te he dicho, si no que soy un auténtico dragón, pequeño, como lo es tu padre y como tu lo eres…o al menos algo de nuestra sangre tendrás en tus venas…eso por descontado – dijo con una sonrisa de suficiencia.[b]
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Angrod

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MensajeTema: Re: El viajero, Mesrad   Jue Ene 21, 2010 8:13 pm

Capítulo III -El inicio del viaje-

Se despertó al alba, con el sonido del primer pajarillo que piaba esa mañana. No estaba muy lejos, tenía su nido en los árboles cerca de la entrada de la cueva, si se parara a oírlo de nuevo, podría decir en qué árbol.
Varios años habían pasado desde que llegara con aquel frío otoñal y pisara el suelo que ahora pisaba mientras caminaba a la despensa. En aquellos años su vida había cambiado mucho, quizás demasiado ¿A bien? No estaba seguro, pero tampoco podía quejarse.
El viejo se había encargado de su tutela, sabía leer y escribir, sabía combatir y pensar, había tenido un magnífico maestro y él había sido un buen alumno.
Durante todos esos años, el viejo le había tratado de transmitir su saber, que no era poco.
Decía hacer vivido más de cien años y dominaba tantas artes y con tal maestría que Mesrad no podía menos que admirarlo. Se pasaba los días entrenando su cuerpo y su mente de distintas formas cada día. Aprendió a usar la forja y a manejar lo que creaba.
A leer y a componer, pues en su tiempo libre gustaba recordar a su madre tocando música. Su vida consistió, en definitiva, en un continuo aprender.

Sin embargo Mesrad anhelaba conocer ese mundo que le había sido vedado y del que habían huido tiempo atrás, quería ver la pulcra Erenia , la pétrea Gorlond y los árboles de Elorah, deseaba ver el mar y las islas de los bardos piratas y también volver a ver a sus padres…demasiadas cosas que no podría hacer encerrado.
Pero su abuelo insistía en que se quedara con él y ampliara su formación. Él ya conocía esos lugares e insistía en que no tenían nada de especial, él ya los había visto.

Había otros asuntos que atraían la atención del joven, los primeros rasgos dracónicos, que vaticinó su abuelo. Sus uñas, dientes y manos eran muy poderosos y sus sentidos mucho mas finos que los del resto de humanos, sus ojos al principio verdes, se tiñeron de un tono violáceo. Pero lo más preocupante para él y un motivo de orgullo para su abuelo fue el apéndice que crecía en su cadera y que pronosticaba ser una cola. La cola de un dragón.
Sabía mucho de dragones, pues vivía con uno y además conocía su historia y su raza, pero nunca estaba cómodo del todo con sus dones, como el viejo los llamaba. Por ellos la gente recelaba de él cuando iba a las villas cercanas, y por ellos sus padres habían huido más de una vez. Y aunque no le gustaban los conflictos, no dejaba que se le humillara o insultara, y más de un vez tuvo que usar sus conocimientos para que lo dejaran en paz. “El Respeto por el miedo” decía con un cabeceo su abuelo cuando sabía de sus peleas. A veces esa indiferencia era peor que sus castigos.
No eran bien recibidos ni entre humanos ni entre dragones, como comprobó en más de una ocasión. Pues cerca de su cueva residía una pequeña manada, el macho dominante despreciaba el que su abuelo prefiriera la forma humana, aunque lo respetaba al ser más viejo que él. Y despreciaba a Mesrad por su sangre mestiza

Esa mañana de primavera, cogió sus pertenencias y miró a su alrededor, mirando la cueva que había sido su hogar durante tantos años y de la que se despedía con silenciosa mirada. Eligió una ruta e inició el que se convertiría en su primer y constante viaje durante mucho tiempo.
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